Por las niñas de hoy y las mujeres de mañana

Actualizado: may 23

Celeste Gutierrez

El 11 de octubre fue designado el Día Internacional de la Niña por la Asamblea General de las Naciones Unidas, con el propósito de visibilizar el reconocimiento de los derechos de las niñas y dar a conocer los problemas que enfrentan en distintas partes del mundo.

Cuando me pidieron escribir sobre este día, recordé una idea que siempre me da vueltas, ¿por qué un día especial de las niñas? ¿por qué remarcar en el calendario un recordatorio de que las niñas también tienen derechos? Derechos humanos. Lamentablemente la respuesta sigue reafirmando que es necesario, todavía existen realidades tan diversas, dolorosas e injustas en diferentes contextos que requieren que continuemos con la sensibilización de la sociedad sobre estas situaciones, para garantizar una vida plena a las niñas del mundo.

Ante tantas formas de discriminación a las que las niñas se ven sometidas, la educación es una de las herramientas más potentes y constructivas. Si bien no es la única, por mi rol de educadora y mi pasión por el efecto transformador de la educación, me voy a detener en este aspecto en particular.

En determinados entornos, las niñas se ven desfavorecidas, con gran desigualdad tanto en el acceso a la educación como en la permanencia y la continuidad de sus estudios. A pesar de los avances de los últimos años, en relación a la igualdad de derechos, equidad y dignidad, existe un mayor número de niñas sin escolarizar que de niños. Entre los obstáculos que impiden el acceso a estudiar se encuentran la pobreza, el aislamiento geográfico, la pertenencia a una minoría, el matrimonio y el embarazo precoces, la violencia y las barreras actitudinales en relación a ciertos paradigmas sobre el papel de la mujer. Como así también las limitaciones impuestas por cuestiones culturales, sociales y por prácticas escolares tradicionales que interfieren con su desarrollo integral.

Podemos considerar que estas situaciones son muy ajenas o remotas, depende del lugar en que estemos parados o hacia dónde miremos, pero están más cerca de lo que creemos. Encontramos limitaciones de distintos tenores, algunas más violentas y visibles, otras más silenciosas y disfrazadas de buenas intenciones.

Poner foco en estos hechos, aunque no sean nuestra cotidianidad nos acerca como seres humanos, nos une. Nos interpela como habitantes del mundo sobre qué hacemos por construir más y mejores oportunidades para las niñas y los niños de hoy. Porque también los niños son parte fundamental de la ecuación, creciendo y aprendiendo juntos el ser hombre y el ser mujer. Qué importantes son los modelos de masculinidad y feminidad que les ofrecemos, apreciando las diferencias, pero promoviendo igualdad de oportunidades.

Estas realidades, lejos de paralizarnos y desmotivarnos nos tienen que impulsar en la tarea educadora y no solo desde la educación formal, sino también como madres y padres corresponsablemente, fortaleciendo el papel de la familia como ese lugar desde el que se puede construir la realidad que queremos para nuestros hijos.

Esas niñas que hoy educamos buscando el desarrollo de todo su potencial, serán mañana madres, líderes políticos, deportistas, científicas, empresarias, artistas, serán mujeres fuertes, libres, seguras, plenas en el rol que elijan. Serán mujeres que junto a los hombres construyan un futuro más equitativo.

Los invito a promover el despliegue de todas las habilidades y capacidades de nuestras niñas y niños, en armonía con una educación inclusiva, equitativa, de calidad. A honrar a esa niña que fuimos y a las que hoy lo son, construyendo entornos amables, donde puedan crecer en ambientes de respeto, dignidad e igualdad de oportunidades.





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