Seleccionar página

Una joven madre y periodista del equipo VALORAR, nos compartió su inigualable experiencia al visitar la Villa 31 junto a su marido y  sus cuatro hijos

Me queda claro que somos afortunados. Algunos más, algunos menos… pero en general la gente que me rodea vive cómodamente. Nos movemos en un círculo en el que casi todos han aprovechado las oportunidades que la vida les ha dado. Han recibido una buena educación, crecido en familias cuyos padres han pasado tiempo con ellos y atendido sus necesidades dignamente (las del cuerpo y las del alma). Además, nunca fueron objeto de discriminación social, lo que no es un dato menor.

En este contexto resulta difícil hacer entender a los hijos que no todos tenemos la misma suerte, ni las mismas oportunidades, ni las mismas herramientas para salir adelante. Por eso, cuando conocimos a Alejandro Garbers en una capacitación de la consultora Experiencia Líderes, y nos propuso visitar la Villa 31 (ahora llamada Barrio 31 para evitar la connotación negativa que tiene la palabra villa) no dudamos un segundo en decirle que sí.

 

Con Pablo, mi marido,  también quisimos que vinieran los niños, Miguel de 11, Javier de 9, Pablo de 7, y Gonzalo de 5 años. Así conocieran un lugar que han escuchado mencionar infinitas veces. Un lugar  que vemos siempre que tomamos la autopista Illia. Donde viven personas que ayudan en el edificio donde vivimos y cruzamos en el ascensor. En definitiva, nos pareció una súper oportunidad para educar que debíamos aprovechar.

Ese día aprendimos  que hace  más de sesenta años que existe la Villa 31. Que hay unas 50 mil personas viviendo ahí, que está ubicada en uno de los mejores barrios de Buenos Aires. Y que existen “códigos” que conocen, regulan y respetan los vecinos (solo ellos).

Durante este tiempo todos los Gobiernos les prometieron cosas que se realizaron con miles de deficiencias e irregularidades. Tienen alguna esperanza puesta en la nueva gestión. Se han visto cambios. De hecho, Horacio Rodríguez Larreta, Jefe de Gobierno de la ciudad, inauguró en una esquina del barrio su oficina. Los vecinos dicen que va a menudo. Sin cámaras… Y recorre el barrio hablando con ellos. El Ministerio de Educación del GCBA también planea su traslado a un predio pegado al barrio. No lo es todo, pero es un gran paso. Conversé con unas cuentas personas y en general, se los ve contentos.

 

Desde hace más de un año se llevan a cabo trabajos de urbanización y mejora que proporcionarán: agua potable, alcantarillado, electricidad (con medidores) e infraestructura mejorada en la zona. Actualmente hay un jardín de infantes, un precario centro de salud y una comisaría. Poco espacio verde y un centro de atención vecinal donde 170 personas trabajan para que todo esto mejore.

El barrio no tiene calles. Son manzanas. De cada manzana se ocupa un vecino. El nexo entre los vecinos y la Secretaría de Integración Social y Urbana es un delegado del sector,  también elegido por ellos. Son los encargados de trasladar las inquietudes vecinales y darles curso para que puedan gestionarse. Tramitan certificados, ayudas sociales, denuncias por violencia en una vivienda e informan del mal (catastrófico) estado de un edificio.

Mis hijos pasaron calor, se quejaron un poco por todo lo que caminamos al sol con 33 grados de sensación térmica, pero no dejaron de observar.

Vieron cómo eran las casas por dentro, con uno o dos ambientes donde los 8 integrantes de la familia que tomaba mate en la vereda: abuelos, hijos y nietos, vivían hacinados. Vieron cómo el barro de alguna calle nos ensuciaba los zapatos aun no habiendo llovido. Vieron cómo los más pequeños se refrescaban en “pelo pinchos” (piscinas de plástico) instaladas en los patios de las casas y en palanganas llenas de agua fresca. Miraron, con ganas de correr,  una cancha de pasto sintético que inauguraron hace poco y vieron también cómo una chica muy joven con su hija en brazos, huía de su pareja medio alcoholizada insultándola a plena luz del día.

Vieron, supongo, al fin y al cabo, lo que pasa en el mundo real del que a veces están tan lejos.
Esta visita no va a cambiar su realidad, tampoco la nuestra. Pero estoy segura de que es una semilla que poco a poco, les hará entender la responsabilidad social que uno tiene cuando, como ellos, disponen de herramientas, oportunidades y una familia que los quiere.

Por Aranxta Escribano  (Coordinadora internacional de Unión Mujer, periodista, columnista del programa “Va de Vuelta” de Radio Nacional y Corresponsal Internacional del Canal 7/24 de México y colaboradora de la Consultora Experiencia Líderes)